La Guerra con Irak

Un artículo de opinión de Andrés Perelló, aparecido en Levante-EMV de 13-3-2003 que reproducimos por su interés

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¡Felicitaos y danzad, malditos!

Andrés Perelló - Diputado del PSPV-PSOE

Si alguna vez me he sentido humanamente mal en la vida, esa vez ha sido cuando, tras la votación secreta sobre el apoyo a la invasión de Irak, pude ver a los 183 diputados del Partido Popular, humanos como yo, darse la mano y abrazarse de felicidad por haber logrado la proeza de mantener la unidad y la disciplina de partido en el apoyo a la guerra, a la muerte de inocentes de toda condición, de un Pueblo que si de algo sabe es de sufrimiento y necesidad.

Os maldije como diputados aquella tarde y sigo haciéndolo. Os maldigo porque habéis cambiado al Papa por Bush, al Arzobispo por Federico Trillo y al Vaticano por la Casa Blanca, y seguís yendo a misa de doce los domingos con vuestras mejores galas y en compañía de vuestros hijos y vuestras legitimas mujeres; las que no llevan un anillo con una fecha por dentro no van a eso con vosotros, tampoco alguna de las que en vez de anillo luce peineta, que gustos hay para todo. Seguís dándoos golpes de pecho hasta conseguir que os salga una joroba de cinismo y seguís metiendo las yemas de los dedos en las pilas del agua bendita donde habría que poner disolvente concentrado, para que no manchéis esa agua y para que os ayude a quitaros el chapapote de vuestra gestión. Aunque eso no será suficiente para quitaros la mancha negra del alma ni el olor a petróleo y a sangre del aliento. Seguiréis dándoos la paz cuando lo indique el sacerdote con la misma mano con que votasteis por la guerra y con la que os felicitasteis por ello. Antes de que acabe la misa mirad a vuestros hijos siquiera de reojo, y pensar lo que debe sentir contra vosotros un padre que a esa misma hora esté orando con su hijo en una mezquita de Irak y le esté mirando a la cara. Y si podéis, y encontráis un cura que os atienda, confesaros antes de ir a comer en familia a un buen restaurante de domingo. Mientras os sirven el aperitivo, explicar a vuestros hijos la diferencia entre un creyente y un meapilas; baste con que les digáis que los creyentes estaban detrás de las pancartas contra la guerra con los arzobispos al frente. Y en los postres, explicarle a vuestros hijos que si ve a un niño irakí logre convencerle de que su papá es un demócrata, de los que quieren llevar la democracia a Irak matando de hambre al Pueblo y bombardeándolo después. Que intente convencerle, después de presentarle a Bush y a Aznar como hombres demócratas y cristianos, de que un demócrata no es un señor que utiliza el poder que tiene para lanzar bombas y robar la riqueza natural de un Pueblo. Esperar que vuestro hijo consiga convencerlo es tan improbable como esperar que vosotros recuperéis el oremus perdido tras una borrachera de poder absoluto. Si os queda un mínimo de conciencia decirle a vuestros hijos que pidan a los niños irakíes que os perdonen y recen a Alá por vosotros, vuestro Dios no debe quereros ya. Ellos lo harán. He conocido cientos de niños irakíes y cientos de madres que han perdido a sus hijos en la guerra o en las enfermedades y el hambre de la posguerra y el embargo, y a pesar de eso en su mirada no hay odio; hay una petición de misericordia que es demasiado sublime para vosotros, envilecidos por el poder, por los negocios de vuestros jefes y poseídos por vuestras posesiones, en las que no hallaréis nunca la felicidad por muchas que acumuléis, porque una buena parte de la felicidad descansa sobre la conciencia, y esa la tenéis narcotizada, lo habéis demostrado. Yo os maldigo y no os perdono pero no os deseo nada malo. Que cada uno de vosotros cumpla, de la mejor manera, el tramo de vida que la naturaleza le tiene reservada. Pero si hay guerra con vuestro apoyo, que mientras viváis aparezca tres veces cada noche en vuestros sueños, siquiera durante unos segundos, la imagen blanca de las mortajas de los niños irakíes muertos con vuestro voto.

Los que no mueran desintegrados como los más de cuatrocientos del refugio de Al Amayria, serán enterrados con el cuerpo lavado y envueltos en una mortaja de tela blanca de inocencia. A vosotros no hace falta que os laven al morir, os acompañará la mancha negra de la guerra que un día os hizo abrazaros y danzad de alegría en el Congreso de los Diputados sin pensar que vuestra mayoría legal no solo no representaba en ese momento a la sociedad, sino que todos los diputados que tenéis enfrente suman más votos que vosotros.

¡Que las urnas os sean igual de inmisericordes! Es lo mínimo que os puede pasar después de lo que habéis hecho.

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